LA GEMA DEL REY SALOMÓN (Cuento sufí)( Lecturas)
Enviado el Tuesday, 09 September a las 13:12:08 por administrador
Lamalif
lamalif@gmail.com
Hubo una vez un sufí extraño y, aseguran algo araña. Cada noche urdía en su elevada ma'arifa, historias que por el día se publicaban en oscuras revistas literarias. Según entiendo, nadie las leía (la crítica corroboró con el tiempo mi sospecha).
Huraño, el sufí araña no se empeñaba en perseguir audiencias. Escribir, era para él pura terapia...un rutinario secretar de secretas memorias, que elaboraba en sus lucubraciones. La más sutil de las sedas: el premeditado laberinto de su telaraña.
Fue su única pasión literaria ,- su única pasión me aseguran - avivar la memoria con un poco de vino, a la luz de una vetusta y raída lámpara. Así inspirado, su voz araña ,- algo tímida y afectadamente arcaica - resonaba evocadora; además de, asombrosamente coherente.
Anudando y reanudando el hilo de su historia, solía el sufí durante las largas noches de invierno, revisar sus escritos recitándolos repetidamente y en voz alta.
En mis insomnios y el la distancia, resonaba reluciente el verbo de su prosa. Rico en ambigüedades si lo entendía, vivo con aliteraciones y sospechados misterios, aún cuando los significados de las palabras me aludían. Ahora, atesoro en mi memoria fragmentos de sus lecturas; y confieso, haber contado como mías algunas de esas historias que de tal forma adquirí. Quizás esta sea una ...
" ... El rey Salomón; el que fuera más sabio como ninguno de los mortales, conocía el lenguaje de los pájaros así como, el de las propiedades y guardados secretos de las piedras preciosas. Hábilmente manipulaba la gama de sus colores, para de tal modo, velar y desvelar el misterio de las palabras que contenían.
En su búsqueda siempre apasionada, nunca desechó ni las más bizarra noticia, ni la más infundada sospecha donde oyera decir de alguna diferente que no tuviera en propiedad.
Tras rumor y conjetura enviaba constantemente a emisarios hasta los mas remotos lugares de allende. Desde Ophir hasta Tharsis y en su constancia, el éxito burló casi siempre la duda. - creo que esa fue su bendición - y sus fabulosos tesoros llegaron con el tiempo a guardar los enigmas de las estrellas y de los planetas, junto a los más impregnables misterios de la Tierra. Pero aún colmadas sus bendiciones, prosiguió el Mágnifico soberano en la búsqueda de aquella que presumiblemente aún le faltara.
Asiduamente y en secreto, recorría los montes y los valles de su reino en pos de aquellos preciados minerales exóticos.
Recuerdo ávidamente una de sus escapadas ...
Vestido de puro blanco y coronado con un ajado turbante, salió el rey de su alcázar disfrazado de mendigo. Descendió de los aposentos reales con sigilo - pues temía que se le reconociera la astucia, a pesar de la apariencia tan extrañamente estrafalaria - , hasta que... atravesando el patio de las azucenas, se cruzó con uno de sus cortesanos. Altivo el noble, lo miró con oprobio desprecio. Fue cuando realmente se sintió a salvo en el desdén de quien rutinariamente se arrastraba como un perro hasta su trono, para besarle sumiso las suelas de sus sandalias. Apresuró el paso. Sonreía ahora el pordiosero imaginando complacido su aspecto. Por un momento creyó ser invisible, cuando al llegar al pórtico lo ignoraron los centinelas de su guardia real.
¡Que libertad se respira fuera de Palacio! - se susurró al bajar las gradas del atrio mientras se perdía anónimamente en el trasiego de la calle que accedía a la medina de la ciudad.
Una vez en el descenso y en el valle previo de la medina, se dirigió al zoco de la la Puerta Baja - renombrado ahora de la Doncella - mientras sonaban sus pasos en la callejuela del aludel. El zigzag familiar del paisaje cada vez más angosto, acababa como él bien sabía en unas escalerillas. Por ella bajó el mendigo a la explanada de la muralla donde tantas tardes presenciara las multitudinarias y majestuosas paradas militares que le ofrecieran sus generales.
Desde la Real Perfumería, llegaba el fuerte olor a almizcle. Su aroma, inicialmente placentero, se fue mezclando al adentrarse en el mercado, con el de afanados cuerpos humanos; húmedos con el primer calor del shiván, y tan inconfortablemente próximos. La experiencia hubiera sido ingrata, si no fuera por el sentido de libertad que tanto le animaba a seguir.
Al acercarse a la puerta, se fue apaciguando el bullicio del gentío, y el encante del los mercaderes ininteligible ahora ...
En la distancia, buscó la sombra de la muralla donde, bizarramente arropados algunos viajeros trajinaban descargando sus recuas, mientras se hacía patente el griterío entre ellos y sus acémilas en altisonante algarabía. De lenguaje exótico y aunque hablaban poco, no dejaba de ser fascinante. Muy próximo reconoció entre ellos con cierta complicidad y tras un intercambio de sospechosas miradas, a un mercader de perlas donde tuvo que esforzarse por - la ahora - ,inexplicable actitud de la consulta que no debía formular, si quería seguir en aquella extraña y complicada aventura sin ser descubierto.
Adivinando la afinidad con el conocido, se esforzó tras un suspiro en retener aquella imagen tan exótica en su memoria cuando lo perdió de vista al cruzar la nueva Puerta Baja, ahora terminada en madera de cedro y tan evocadoramente rica en aromas del alta montaña...
Salomón había salido de Palacio empeñado en olvidar la tensión del gobierno, el agobio del protocolo, y el boato en el que tantas veces se sentía atrapado.
Una vez fuera de la ciudad, lo reanimó la brisa del valle todavía florido admirándolo aún más en el fondo del torrente mientras se refrescaba imaginariamente en la alberca de Jesbón. Era aquel un paraje mágico. Allí había empezado en sus correrías de niño y entre juegos, a coleccionar las piedras y a conocer su opinión: Su lenguaje tan experto como precoz.
En la penumbra de su memoria, evocaba el soberano sus primeras correrías por las rocas de aquel acantilado. Hubo de ascender jadeando una vez más aquel áspero rigor de tan fantásticas formaciones, cuando con la intensidad de sus emociones se iban desdibujando sus primeros recuerdos y mientras se aventuraba en aquel laberinto de formas cada vez más densas. Errante en la inmensidad de aquella presencia, - pudo acercarse tanto - olvidó su nombre y quién realmente era.
-¿Quién es aquella que se levanta cual columna de de humo en mitad del desierto? - se preguntó
-Son sus labios son como hilo de grana y sus mejillas como cachos de granada detrás de un velo. Es su cuello como torre de David y su nuca como torre de marfil. Sus pechos, como dos cervatillos gemelos y los contornos de sus muslos como joyas mano de obra de excelente artesano.
-¿Quién es aquella que su vientre es alimento que nunca acaba, y su ombligo como copa de néctar?...- volvió a preguntarse
Salió el soberano de su momentáneo ensimismamiento al sentir la acaricia aterciopelada de unos intensos ojos negros. Notó entonces, cerca de la puerta y sentada a la sombra de un sicomoro - alto y viejo más que la muralla - una hermosa joven.
Detenidamente estudió intrigado sus deslumbrante figura. Bajo ella su mirada iba cubriendo su extraordinaria belleza con un trasparente velo. En aquel delicado gesto y con la música sensual de sus pulseras y sus ajorcas se sintió Salomón rey de nuevo.
El Rey mendigo ascendió las gradas. El marfil, el oro...se sentó en su nuevo Trono. Cerró sus ojos... él también. Soñó...un beso.
Fue un efímero momento. Al abrir los ojos, desde la cima del vecino monte, oscuros árboles centenarios en la era alta de Ornán le saludaron. Salomón quedó comtemplando el lugar de aquella mágica aparición, cuando pudo apreciar la existencia de la gema más hermosa y delicada como jamás antes había visto.
Supo el Rey Salomón en aquel momento, el lugar exacto donde debía edificar su templo. Donde la preciosa gema guardase el misterio de la Presencia, y donde publicasen las demás gemas con los matices de sus colores y en silencio, el gozo de aquél mágico encuentro.
Desde entonces, el pueblo buscaba con frecuencia el juicio del rey. Con el raro acierto de sus decisiones creció su fama; y su renombre, en su reino y de otras lejanas naciones.
Hasta que un día, cundió un atrevido rumor. El soberano se susurraba; pues había sobrepasado el entendimiento, la sabiduría de Oriente y de Egipto. Lo que empezó con un tímido balbuceo, llegó con el tiempo a ser unánime y bien fundada opinión de hasta los más flemáticos eruditos.
Encumbrado en su indisputable preeminencia , Salomón alcanzó la más exaltada de las estaciones... aún entonces, guardó todos los días de su vida una velada nostalgia: la memoria de un encuentro."
En el camino del TAWHID, el de la Unidad en el que ambos nos esforzamos, hay recuerda muy pocas sorpresas. Nada sabemos, y todo es pura coincidencia. Ni tan siquiera ésta historia, aunque parezca tan arbitraria.
Ni siquiera esta historia...
Reclamo mi inocencia alegando insanidad. La coartada siempre a mano de los locos.
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